A lo largo de la historia, la humanidad ha tenido la enorme necesidad de expresar ideas, pensamientos y emociones.
Para ello, se ha vuelto indispensable generar métodos que permitan llevar a cabo estas funciones, las que se han resuelto con las manifestaciones artísticas a través de diversos recursos.
Al hablar de arte probablemente podríamos pensar en la pintura, los lienzos o los pinceles. Si pensamos en la escultura como una de las manifestaciones más comunes del arte clásico, quizá lo que llegue a nuestras mentes sea mármol, roca, y cinceles. Sin embargo, la historia de cómo el arte ha sido utilizado desde sus inicios como método de expresión, nos indica que sus recursos son tan diversos como variados.
Aunque parezca algo extraño, la comida ha sido parte importante del desarrollo artístico en cada etapa de la historia. Un ejemplo de ello son las pinturas rupestres, que han sido consideradas como una de las primeras manifestaciones artísticas, ya que retratan la cotidianidad de la vida del hombre primitivo, así como su relación con el entorno mientras buscan alimento. En dichas representaciones podemos ver las figuras de los hombres cazando mamuts, acompañados de caballos, bisontes etcétera, interactuando en un medio hostil de supervivencia.
Por otra parte, y dando un salto enorme en cuanto a temporalidad y espacio, la presencia de la comida, en las expresiones artísticas de la Grecia clásica, nos muestra su importancia y la necesidad de plasmar parte de su vida dentro de su arte.
Estas integraciones de la comida en el arte fueron precursores de lo que, tiempo después llegaría a ser un nuevo “género de pintura” llamado “Pintura de bodegones”, también conocido como “naturaleza muerta».
Y aunque no siempre en este tipo de cuadros aparecía comida, si era muy frecuente el uso de frutas, flores, utensilios de cocina, instrumentos musicales, animales muertos, etcétera.
En el caso específico del arte de bodegones, lo llamativo, además de los cuadros como tal o la técnica con la que fueron realizados, es también el contexto detrás de ellos, pues nos habla mucho más que las propias frutas retratadas en las imágenes.
Al respecto, es necesario decir que en el auge de esta tendencia (alrededor del siglo XVII), en Europa, las frutas tropicales, tales como la piña o el plátano eran muy difíciles de conseguir, es más, se podría decir que era un verdadero lujo poder tenerlas en la mesa. Por lo que, aquellos que las adquirían para inmortalizar sus formas y colores en una obra, eran personas de un alto poder adquisitivo, colocándolas eventualmente en un estatus social superior.